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No Te Acerques al Altar si Hiciste Esto Hoy: El Gesto que Debilita la Comunión

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 5 minutos
  • 3 Min. de lectura
No es un pecado grave ni una falta visible. Es un gesto interior que muchos repiten cada día sin notarlo. Si ocurrió hoy, algo en la comunión puede enfriarse. El altar no rechaza… pero tampoco fuerza corazones cerrados.
Rencor sin perdon Comunión Eucaristía
Ir al altar sin perdonar es un error porque debilita nuestra relación con Dios.

Hay advertencias espirituales que no gritan, pero pesan. No aparecen en los manuales ni en los avisos parroquiales. Sin embargo, cuando se ignoran, algo en la comunión se enfría, se vuelve mecánico, distante, casi vacío.


Hoy, sin darnos cuenta, muchos llegan al altar después de haber hecho algo que no parece grave, pero que deja una huella silenciosa en el corazón.


No se trata de un gran pecado escandaloso. No se trata de una norma litúrgica. Se trata de un gesto interior, repetido miles de veces cada día, que debilita la comunión antes de recibirla.









El gesto que parece inofensivo

Ocurre antes de la misa. A veces, horas antes. Incluso minutos antes.


Es negar el perdón cuando sabemos que deberíamos darlo. No hablamos de emociones. No hablamos de “sentir ganas”. Hablamos de la decisión interior de sostener el rencor, justificarlo, alimentarlo, defenderlo.


Una discusión no resuelta. Un desprecio guardado. Un mensaje que no respondimos por orgullo. Una herida que preferimos conservar como arma.


Todo eso puede pasar “hoy”. Y cuando pasa, deja una marca invisible.


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El altar no es un escenario neutro

El altar no es un lugar mágico donde todo se borra automáticamente. Es un lugar de encuentro. Y todo encuentro exige verdad.


Jesús fue brutalmente claro en el Evangelio: “Si al presentar tu ofrenda recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y ve primero a reconciliarte”.


No dijo: “sentite mejor”. No dijo: “cuando tengas ganas”. Dijo: andá primero.

La comunión no se debilita por errores humanos, sino por corazones cerrados.



El problema no es el conflicto, es la cerrazón

Todos fallamos. Todos herimos. Todos somos heridos. Eso no impide acercarse al altar.

Lo que enfría la comunión es decidir no abrir el corazón, convencerse de que el otro no merece perdón, transformar el dolor en identidad.


Ahí aparece una contradicción silenciosa: recibir el Cuerpo de Cristo mientras se rechaza la reconciliación concreta.


No es castigo. Es incoherencia interior.









Cuando la comunión se vuelve rutina

Muchos fieles experimentan esto sin saber ponerle nombre:comulgan, pero no sienten paz.reciben, pero no se transforman.participan, pero algo no encaja.


No siempre es falta de fe. A veces es una herida que no quisimos soltar hoy.


La Eucaristía no fuerza puertas cerradas. Es don, no invasión.



Un gesto pequeño que lo cambia todo

No hace falta resolver el conflicto hoy. No hace falta llamar, escribir o arreglar todo.

Hace falta algo más simple y más profundo: decidir no endurecer el corazón.


Decir interiormente: “No quiero vivir cerrado. No quiero sostener esto como bandera. Estoy dispuesto a soltar”.


Ese gesto —invisible para todos— reabre la comunión.



El altar espera corazones disponibles, no perfectos

La Iglesia no pide santos sin heridas. Pide corazones disponibles.

Por eso esta advertencia no es una condena, sino una llamada: no te acerques al altar como quien defiende su orgullo, acercate como quien sabe que necesita amar más. Hoy.


Y entonces, la comunión deja de ser un gesto…y vuelve a ser encuentro.

No Te Acerques al Altar si Hiciste Esto Hoy: El Gesto que Debilita la Comunión

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