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LOS MÚSICOS QUE SOSTIENEN A LA IGLESIA: EL EJÉRCITO INVISIBLE DEL ALTAR

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 1 día
  • 2 Min. de lectura
Los músicos parroquiales sostienen a la Iglesia en silencio: renuncian a tiempo, esfuerzo y familia para llevar a otros a Dios. Desde ancianas que suben escaleras por amor hasta niños que quieren cantar sin parar, su entrega oculta conmueve y transforma comunidades enteras.
coro misa
El coro es el corazón de un templo. Sin música la misa no sería la misma.

En cada Misa, mientras las luces del templo tiemblan y el incienso sube como un susurro al cielo, hay un grupo silencioso que sostiene la fe de miles sin pedir nada a cambio: los músicos parroquiales. Esos hombres, mujeres y niños que no buscan aplausos, pero que —como dijo recientemente León XIV— “elevan el alma del pueblo y acercan a la Iglesia al misterio de la belleza divina”. Son los primeros en llegar y los últimos en irse. Y, sin embargo, nadie imagina lo que viven.


En una parroquia del interior, un director de música compartió lo que casi nadie ve. Mujeres jubiladas, conocidas como “el coro de las muertas”, subían escalones interminables —dos descansos incluidos— solo para cantar por los fieles fallecidos. Respiración entrecortada, manos temblorosas… pero con la mirada fija en el cielo. No lo llamaban sacrificio: lo llamaban servicio. Ahí, en ese gesto, late la misma huella del Cristo que cargó la cruz.

casa betania

Los niños tampoco se quedaron atrás. Después de cantar en un asilo, uno pidió volver a cantar “solo por amor”. Otro quiso ir a Walmart. Otro más: “Cantemos en cada casa del camino”. ¡Dieciséis kilómetros de entrega pura! Como si hubieran entendido antes que muchos adultos la frase del Evangelio: “Lo que hiciste a uno de estos pequeños, a mí me lo hiciste”.


Por eso, hoy el pedido es distinto. No se necesitan voluntarios: se necesita gratitud. Buscá a un músico parroquial, míralo a los ojos y decile: “Gracias por llevarnos a Dios cuando nosotros no podíamos elevarnos solos”.


Porque sin ellos, la Iglesia —sí, toda la Iglesia— sonaría infinitamente más sola.



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