¡Los Hermanos que Murieron Gritando el Nombre de Cristo!
- Canal Vida

- 19 jun
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Fue una ejecución cruel y pública. Pero lo que nadie esperó fue que, en medio del fuego y el sufrimiento, uno de ellos gritara que el cielo se había abierto. Esta es la historia real de los santos Gervasio y Protasio.

Milán, siglo II. El imperio romano extendía su poder con puño de hierro. Los cristianos eran perseguidos como delincuentes. Y dos hermanos, Gervasio y Protasio, quedaron en medio de esa tormenta. Hijos de santos (Vitala y Valeria), heredaron no solo la fe, sino también la valentía de entregarlo todo por Cristo.
Cuando sus padres fueron asesinados por proclamar el Evangelio, los jóvenes vendieron sus bienes, repartieron a los pobres y se consagraron a la oración y el ayuno. Durante años vivieron como ermitaños, escondidos en los túneles subterráneos de Milán. Pero la paz duraría poco.
LA CAPA Y LA SENTENCIA
Un gobernador romano decidido a eliminar la fe cristiana ordenó la captura de todo aquel que se negara a adorar a los dioses imperiales. Gervasio fue arrestado primero. Frente al tribunal, confesó sin dudar: "Soy cristiano, y no temo a la muerte". Su cuerpo fue golpeado con varas de plomo hasta dejarlo al borde del colapso.
Protasio, al enterarse, corrió a proclamar su fe también: "Lo que mi hermano dijo, yo lo grito también". Fue condenado a ser azotado y luego decapitado. Pero lo que ocurrió con Gervasio quedaría grabado en la historia como un testimonio aterrador y celestial.

¡EL CIELO ABIERTO!
Atado a un poste en el medio del foro, Gervasio fue rociado con aceite y encendido en fuego vivo. Mientras la multitud gritaba, él alzó la mirada. Testigos relataron que sus ojos brillaron de un modo inexplicable. Y entonces, gritó:
"¡Los veo! ¡Los veo bajando! ¡Los ángeles vienen por mí!"
Sus últimas palabras antes de ser consumido por el fuego fueron: "Jesús, te veo...".
El silencio se apoderó de la plaza. Algunos romanos rieron nerviosos. Pero otros, muchos otros, sintieron que algo había pasado. Esa misma noche, varios soldados se negaron a seguir cumpliendo órdenes. Algunos fueron descubiertos orando. Algo había cambiado.

HALLAZGO QUE CONMOVIÓ AL MUNDO CRISTIANO
Siglos más tarde, en el año 386, san Ambrosio de Milán tuvo una visión: debía excavar en cierto lugar de la ciudad. Allí encontró los cuerpos de dos hombres grandes, con huellas de martirio. Cuando los exhumaron, el perfume que desprendían llenó la iglesia. Al instante, varios enfermos se curaron.
Eran los cuerpos de Gervasio y Protasio. Enterrados juntos. Juntos como vivieron. Juntos como murieron.
Ambrosio trasladó las reliquias a la basílica de Milán. Y la ciudad entera se volcó a las calles para venerarlos. Sus nombres se extendieron como fuego por toda Europa.

LEGADO: LOS MÁRTIRES QUE NO DEJARON NADA, EXCEPTO SU FE
Gervasio y Protasio no escribieron libros, ni predicaron en plazas. Pero su silencio y su sangre habló por ellos. Fueron los primeros mártires conocidos de Milán. Y por siglos, quienes enfrentaban persecución invocaban su nombre para no temer.
Sus vidas fueron ejemplo de obediencia, humildad y valor. En un mundo que castiga la fe, ellos eligieron perderlo todo para ganarlo todo. Vieron el Cielo abierto porque nunca bajaron la mirada.
Hoy, más que nunca, sus voces resuenan. No nos piden que muramos, sino que vivamos con esa misma entrega.
"San Gervasio y san Protasio, ustedes que supieron gritar el nombre de Cristo en medio del tormento, enséñennos a no callar nuestra fe ante el miedo. Llenen nuestras vidas de valor, de amor por los demás y de esperanza en la vida eterna. Amén."









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