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La Parroquia que No Cerró sus Puertas en Medio de la Tragedia

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 6 días
  • 2 Min. de lectura
Mientras España llora una tragedia ferroviaria histórica, en un pequeño pueblo ocurrió algo que no salió en los titulares principales: una parroquia no cerró sus puertas. Allí, en silencio, la fe se volvió refugio, escucha y consuelo real.
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Una parroquia española abrió sus puertas en el medio del caos.

Mientras España despierta conmocionada por uno de los accidentes ferroviarios más dolorosos de los últimos años, en el pequeño pueblo de Adamuz, Córdoba, una escena silenciosa y poderosa se repitió durante toda la noche: la parroquia permaneció abierta.

Dos días después del siniestro que dejó 41 personas fallecidas, 43 denuncias de desaparecidos y 39 heridos hospitalizados, la tragedia todavía se escribe entre rescates, identificación de cuerpos y lágrimas sin consuelo. Pero en medio del caos, la Iglesia no pasó de largo.


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El párroco Rafael Prados Godoy, junto a feligreses y vecinos, convirtió la jurisdicción eclesial de San Andrés en un refugio improvisado. No hubo listas ni protocolos: hubo agua, café caliente, comida, colchones y escucha. La gente salió de sus casas con lo que tenía. Algunos vaciaron sus heladeras. Otros llevaron mantas. Nadie preguntó a quién.


La parroquia estuvo abierta toda la noche”, relató el sacerdote. Y no fue una frase simbólica: fue literal. Allí se acogió a los pasajeros que no requerían atención médica urgente, especialmente en la nave del coro de la Virgen del Sol. Allí se sentaron, temblando, esperando noticias, descargando el miedo.









Mientras las ambulancias trasladaban a los heridos graves y se levantaba un hospital de campaña, la parroquia se volvió bálsamo. Un lugar donde el dolor no se apuraba. Donde alguien escuchaba. Donde la fe no explicaba el horror, pero lo acompañaba.


Al día siguiente, el obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández González, se hizo presente para abrazar, escuchar y consolar a los familiares. Y desde Roma, León XIV envió sus condolencias, uniéndose al dolor del pueblo español.


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Ahora, mientras la maquinaria pesada intenta cerrar la herida del accidente, la Iglesia espera. Espera los nombres. Espera el silencio final. Y cuando llegue, celebrará la Misa por las almas de los fallecidos.


Porque cuando todo se derrumba, hay puertas que no se cierran. Y esa noche, en Adamuz, la fe se quedó despierta.

La Parroquia que No Cerró sus Puertas en Medio de la Tragedia



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