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LA IGLESIA Y LA DEPRESIÓN: LOS SANTOS QUE CAMINARON EN LA NOCHE… Y NO SE RINDIERON

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 4 horas
  • 6 Min. de lectura
La depresión no es ajena a la fe. Grandes santos atravesaron noches oscuras, pensamientos de muerte y silencios de Dios. Sus historias revelan una verdad incómoda y esperanzadora: incluso cuando el alma se quiebra, la fe puede sostener y sanar.
En el silencio de una iglesia, un hombre inclina la cabeza mientras las sombras de santos que también atravesaron la noche parecen acompañarlo: la fe no borra la depresión, pero la habita con esperanza, memoria y una presencia que no abandona.
En el silencio de una iglesia, un hombre inclina la cabeza mientras las sombras de santos que también atravesaron la noche parecen acompañarlo: la fe no borra la depresión, pero la habita con esperanza, memoria y una presencia que no abandona.

Hay dolores que no se ven. No sangran. No dejan yeso. No se curan con una sonrisa forzada. Y, sin embargo, pueden devorar por dentro como un incendio silencioso. La depresión —esa “noche” que apaga la motivación, enfría la esperanza y hace que todo parezca inútil— no es ajena a la fe. Tampoco le fue ajena a los santos.


A muchos les sorprende. A algunos les choca. Porque existe una idea falsa, casi ingenua, de que la santidad es vivir en una burbuja de perfección, lejos de la angustia humana. Pero la Iglesia, cuando se la escucha de verdad, no enseña eso. Enseña otra cosa: que incluso en la oscuridad se puede elegir amar. Y que Dios no abandona cuando el corazón no “siente” nada.


“La fe no anestesia el dolor: lo atraviesa. Incluso en la noche más oscura, el cristiano puede elegir amar.”

Los místicos lo llamaron de un modo que hoy suena más actual que nunca: “la noche oscura del alma”. San Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia, lo describió como ese tramo del camino espiritual donde el alma se queda sin consuelos, sin fervor, sin certezas “agradables”. Es una aridez que puede mezclarse con desesperación, confusión, cansancio vital. No siempre es depresión clínica, pero muchas veces se le parece. Y en algunos casos, los relatos biográficos y los propios escritos de los santos dejan síntomas que hoy reconoceríamos como una lucha real contra la tristeza profunda, la desolación, la melancolía o la desesperanza.


Si Cristo mismo sudó sangre en Getsemaní y gritó en la Cruz el misterio del silencio del Padre, ¿por qué imaginar que la fe nos “ahorra” toda noche? La fe no anestesia. La fe sostiene.









CUANDO LA SANTIDAD NO SE SIENTE: LA GRAN CONFUSIÓN MODERNA

La depresión puede instalar una mentira muy cruel: “Si estoy así, Dios se fue”. Los santos respondieron con otra verdad: “Si estoy así, no dejo de buscar”.


Y hay algo más: la Iglesia, con realismo, sabe que no toda tristeza es “espiritual”. Existen cuadros de depresión clínica donde hay un componente biológico y psicológico serio. Por eso, además de la oración, muchos casos requieren ayuda profesional: psicoterapia, acompañamiento, medicación indicada por psiquiatras. Pedir ayuda no es falta de fe. En muchos casos, es el primer acto de esperanza.


Los santos no nos enseñan a “aguantar” sin sentido. Nos enseñan a atravesar.


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SAN AGUSTÍN: EL GENIO QUE SE ROMPÍA POR DENTRO

San Agustín, uno de los cerebros más grandes de la historia occidental, vivió con intensidad desgarradora. Antes de su conversión buscó sentido en los placeres, en las ideas, en lo brillante… y terminó vacío. Lo confesó con una frase que atraviesa siglos: “Tú estabas dentro de mí y yo fuera…”.


La conversión no lo convirtió en una máquina perfecta. La vida siguió golpeando. Su personalidad fuerte convivió con rabia, cansancio interior y caídas de ánimo. ¿Cómo salía? Oración, sacrificio y trabajo. “Ocuparse” no como escape, sino como disciplina de amor: responsabilidades, estudio, servicio.


Agustín aprendió que cuando la mente se hunde, el alma necesita anclajes: rutina buena, comunidad, sentido.


En medio del frío, el choque cultural y el silencio interior, el jesuita Noel Chabanel carga una cruz invisible: la de permanecer cuando el corazón quiere huir. Su fidelidad —sellada con un voto— transformó la asfixia interior en camino hacia el martirio.
San Agustín escribe a la luz de una vela, solo con sus pensamientos y sus dudas: el genio que buscó la verdad fuera de sí mismo y terminó descubriendo que Dios habitaba en su interior, incluso en medio del cansancio y la lucha interior.

SAN IGNACIO DE LOYOLA: DESOLACIÓN, ESCRÚPULO… Y ABISMO

Pocos lo dicen, pero san Ignacio —fundador de los jesuitas— vivió una etapa tan oscura que pensó en el suicidio. Su lucha tuvo nombre: escrúpulos, culpa constante, terror de haber ofendido a Dios en todo. Eso lo llevó a una “desolación” intensa.


Ignacio dejó un mapa espiritual clarísimo para esos momentos:

  • No tomar decisiones importantes en desolación.

  • No abandonar una resolución buena solo porque el ánimo cayó.

  • Intensificar la oración simple y honesta, incluso cuando no se siente nada.


Y hoy hay que sumar buscar ayuda médica adecuada cuando hay depresión clínica. Ignacio nos enseña una cosa que salva: en la noche, no se improvisa. Se sostiene lo esencial.


“Sentirse vacío no te vuelve menos creyente: te vuelve humano. Los santos no escaparon de la depresión, la caminaron.”


SAN FRANCISCO DE SALES: EL SANTO DULCE… QUE TEMBLABA POR DENTRO

El “santo de la amabilidad” pasó una crisis juvenil estremecedora: la idea obsesiva de su condenación. Insomnio, pérdida de apetito, deterioro físico. Hasta que, arrodillado ante la Virgen, se abandonó en una oración de amor: “No me importa sufrir… con tal de seguir amándote”.


Y dejó un consejo de enorme valor práctico: música espiritual y trabajo activo para sacar la mente del círculo de tristeza. No como negación, sino como higiene del alma. A veces, una melodía sagrada y una tarea concreta son un puente para no caer más hondo.


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SANTA TERESITA: LA VIRGEN DE LA SONRISA Y EL CORAZÓN HERIDO

Teresita del Niño Jesús, de niña, describió un estado que hoy muchos leen como depresión: tristeza persistente, abatimiento, sensibilidad extrema. Y relató su sanación como un momento de gracia: la “Virgen de la Sonrisa”. No fue magia barata. Fue un acto de ternura que reordenó su interior.


Teresita enseña algo clave: Dios también cura con delicadeza. A veces la salida no es épica. Es una sonrisa que te recuerda que todavía hay belleza.


Pedro Kriskovich

JUANA FRANCISCA DE CHANTAL: DEPRESIÓN Y HUMILLACIÓN EN CASA

La muerte del esposo, el traslado obligado, la dureza cotidiana… y el peso emocional. Juana enfrentó lo que muchísimos viven hoy: duelo, rutina triste, injusticias domésticas.


¿Qué hizo? Se negó al victimismo como destino. Cultivó alegría como decisión, sostenida por fe y trabajo. Y transformó su dolor en misión, incluso bajo juicio ajeno.



NOEL CHABANEL: CUANDO LA MISIÓN TE ASFIXIA

Hay depresiones que nacen de la sensación de estar “donde no querés estar”. El jesuita Noel Chabanel vivió repugnancia, frustración, incapacidad con el idioma, choque cultural. Eso lo ahogaba por dentro. Su respuesta fue impresionante: hizo voto de no abandonar. No por orgullo, sino por amor. Su fidelidad lo sostuvo hasta el martirio.


En medio del frío, el choque cultural y el silencio interior, el jesuita Noel Chabanel carga una cruz invisible: la de permanecer cuando el corazón quiere huir. Su fidelidad —sellada con un voto— transformó la asfixia interior en camino hacia el martirio.
En medio del frío, el choque cultural y el silencio interior, el jesuita Noel Chabanel carga una cruz invisible: la de permanecer cuando el corazón quiere huir. Su fidelidad —sellada con un voto— transformó la asfixia interior en camino hacia el martirio.

SAN JUAN MARÍA VIANNEY: “NO SIRVO PARA NADA”… Y AUN ASÍ SE QUEDÓ

El Cura de Ars cargó con un complejo de inutilidad personal persistente. Esa voz interior que repite: “no valés, no alcanzás, sos un fracaso”. 


Muchos depresivos reconocen ese diálogo cruel. Vianney no lo “apagó” con frases motivacionales. Lo puso frente a Dios. Y siguió. Esa es su lección: cuando la cabeza te acusa, el Evangelio te devuelve identidad.


“La santidad no es sentir bonito: es no soltar la mano cuando respirar por dentro cuesta.”

EDITH STEIN: QUERER NO EXISTIR… Y ENCONTRAR LA VERDAD

Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) escribió frases durísimas: que no podía cruzar la calle sin desear que un auto la atropellara. Eso no es poesía. Es dolor real.


Intelectual brillante, despreciada, herida, encontró en Dios la Verdad que buscaba. Y con esa verdad atravesó incluso el horror del nazismo, hasta el martirio en Auschwitz.


Edith enseña lo más incómodo y más luminoso: la fe no siempre te saca del sufrimiento, pero puede darte una razón para no entregarte a la nada.









LA IGLESIA ANTE LA DEPRESIÓN: FE QUE NO NIEGA LA MEDICINA

La devoción a los santos no reemplaza la ayuda profesional. La depresión es un enfermedad, y como tal requiere tratamiento.


La Iglesia aporta algo que la medicina sola no siempre da: sentido, compañía, esperanza, comunidad, oración, sacramentos.


Y aporta una verdad decisiva: sentirse vacío no te vuelve menos creyente.



SI ESTÁS EN LA NOCHE: LO QUE LOS SANTOS REPITEN EN CORO

  • No estás solo. Ya caminaron esto antes que vos.

  • No tomes decisiones definitivas en un día oscuro.

  • Pedí ayuda. A un médico, a un psicólogo, a un sacerdote, a alguien confiable.

  • Sostené lo mínimo: dormir, comer, salir al sol, rezar aunque sea una frase.

  • Volvé a lo esencial: Eucaristía, comunidad, servicio pequeño.

  • Y recordá: la santidad no es “sentir bonito”. Es amar aun cuando cuesta respirar por dentro.


La depresión no tiene la última palabra. La Iglesia, con la memoria de sus santos, lo grita sin vergüenza: en la noche también se puede elegir el camino. Y a veces, el primer paso es simplemente no soltar la mano.

LA IGLESIA Y LA DEPRESIÓN: LOS SANTOS QUE CAMINARON EN LA NOCHE… Y NO SE RINDIERON

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