LA ATEA QUE SE ENAMORÓ DE DIOS Y HOY PODRÍA SER SANTA
- Canal Vida

- 21 nov
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De atea militante a posible santa: la historia de Ruth Pakaluk sacude al mundo católico. Su conversión, su lucha contra el cáncer y su batalla provida revelan que la santidad no es un mito… es una elección que incendia vidas.

Ruth Pakaluk (1957-1998) no creció rezando, no escuchó historias de santos antes de dormir y jamás imaginó que un día su nombre resonaría en los pasillos del Vaticano. Era atea, brillante, competitiva, feminista secular y defensora del aborto. Hasta que una búsqueda sincera de la verdad —y una serie de golpes que la vida no perdonó— la llevó a descubrir algo que la desarmó: el amor de un Dios real, vivo y cercano.
Hoy, su causa de canonización está en marcha. Y su historia, simple pero demoledora, ya inspira conversiones en todo el continente.

DE HARVARD AL EVANGELIO
Nacida en 1957 en East Orange (Estados Unidos), era un torbellino de talento: oboe, violín, hockey sobre césped, teatro y calificaciones perfectas. Llegó a Harvard como quien llega a un templo de certezas: ateísmo orgulloso y militancia proaborto.
Entonces apareció Michael, su futuro esposo, quien la desafió no con ideología, sino con preguntas. Juntos comenzaron a estudiar la historia del cristianismo. Lo que ella encontró allí —la fuerza de los primeros mártires, la radicalidad del Evangelio, la luz de la Madre Teresa— derrumbó sus argumentos uno por uno.
En 1981 fue bautizada. Y ese día comenzó una vida completamente nueva.

MADRE, APÓSTOL Y GUERRERA
Ruth no se convirtió en una católica “tibia”. Al contrario: quemaba.
Madre de siete hijos, uno de ellos fallecido a las siete semanas, vivió la maternidad como una misión divina. Desde la cocina de su casa organizaba debates, campañas provida, conferencias, cenas benéficas y estrategias políticas.
Fundó grupos universitarios, dirigió organizaciones y defendió con vehemencia a los más vulnerables: los niños por nacer. “No me gusta el activismo político”, confesó una vez. “Pero no tengo la libertad de permanecer en silencio”, aseguró.
Su espiritualidad profunda la llevó al Opus Dei, donde formó su alma mientras cambiaba pañales, preparaba meriendas y salvaba vidas.

EL CÁNCER Y LA SANTIDAD COTIDIANA
A los 34 años llegó la noticia que destruye familias: cáncer de mama avanzado. Pero Ruth no se quebró: se ofreció.
Ofreció las quimios, el dolor, las madrugadas sin aire. Y siguió enseñando, cantando, recibiendo amigos, educando a sus hijos y organizando apostolado.
“El sufrimiento ofrecido tiene poder”, escribió a una amiga. Y lo vivió hasta el final.
Su última frase, días antes de morir a los 41 años, estremeció a todos: “Amé la vida que Dios me dio. No hay otra vida que hubiera preferido vivir”.

DE LA MUERTE A LA GLORIA
Ruth murió rodeada de amor, como mueren los santos. El rector de la catedral de Worcester lo dijo sin rodeos: “Murió como vivió: con dignidad, fe y rodeada de amor”.
Hoy, la Iglesia estudia su vida con lupa. Y miles repiten su nombre como quien repite una esperanza: Si Dios pudo convertir a Ruth… Dios puede convertirlo TODO.
Su causa de canonización está oficialmente abierta.









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