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Junio, el mes del amor

Aprender a mirar como Él miró para descubrir las necesidades de los demás.
 

Dios es amor, y el amor es participación. En el seno de la Trinidad, el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre, y de ambos procede el Espíritu Santo. Misterio de los misterios que Cristo nos reveló con su Encarnación. El mismo nos revela la relación con su Padre -y la del Padre con su Hijo-, quien le dice: "Tú eres mi Hijo muy amado" (Mc 1, 11).


Mirando el Corazón de Cristo contemplamos las llamas de amor que brotan de El. Nadie amó ni ama como El. Todos los que nos acercamos a este horno ardiente de caridad salimos transformados. Allí se consume nuestra miseria en misericordia. Cada vez que experimentemos el frío de la soledad, el desasosiego, las preocupaciones o la falta de libertad interior, entremos en esta hoguera ardiente y así como un papel en un instante se consume, así se consumirá todo lo que nos quita la paz.


"La ceguera de nuestro espíritu nos puede hacer perder la mirada de Jesús; por lo tanto quien no lo mira no lo puede conocer en toda su riqueza, y no conociéndolo no puede amarlo como El amó."

He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y que desea que lo conozcamos. En El están encerrados los más grandes tesoros que mente humana alguna puede pensar o desear: la salud, la vida, la resurrección. Con El encontraremos la salvación a todo lo que nos angustia en esta tierra.


¿Y cómo podemos conocer al Corazón de Jesús si no es perceptible a los sentidos? Viendo la mirada del Dios viviente hecho Hombre; Ella nos enseña los secretos escondidos en lo íntimo de su ser.


Este es el Corazón que pasó haciendo el bien a todos (cf. Hch 10, 38). ¡Cuánto consuela que el Corazón de Nuestro Dios sea paciente y misericordioso! Gracias a su paciencia nos perdona nuestras infidelidades, nos llama por nuestro nombre para que gocemos de su infinita misericordia. ¿Acaso ésta no ha descendido hasta el centro mismo de nuestro mal para vencerlo con el bien? Por esto no hay derecho al abatimiento ni al desánimo, porque su misericordia y su amor son infinitos.



LOS OJOS SON LA VENTANA DEL ALMA

Se dice que los ojos son los espejos del alma, en ellos se asoma el corazón, en ellos se reflejan los sentimientos.


Si miro los ojos de un niño, veo su pureza; si miro los de un hombre lleno de ira, veo que está enojado. Si miro los ojos libidinosos, captaré sus desordenados deseos.


Esta ley de psicología experimental vale también para Nuestro Señor; su Corazón se asoma por sus ojos y podemos conocer los misterios y sentimientos en su mirada. Leyendo los Evangelios podemos penetrar en los secretos íntimos del Sagrado Corazón de Jesús.




¿CÓMO MIRABA JESÚS?

Este Corazón que nos ama es del Hombre-Dios. Menospreciar el amor humano de Jesús es menospreciar su amor divino. Olvidar el primero es olvidar el segundo.


Por esto, si meditamos en las Sagradas Escrituras sus gestos, palabras y miradas tienen un gran valor, porque si llora como hombre a su amigo Lázaro, lo resucita como Dios.


Acudamos a esta fuente divina de amor porque El comprende las miserias del hombre y las salva como Dios.


Tenemos que entrar en cada página del Evangelio y allí aprenderemos a contemplar las miradas del Corazón de Jesús, para que haciéndolo, también nosotros aprendamos a mirar como lo hizo El. Los ciegos no pueden ver si las miradas de los hombres son fuertes, duras o tiernas. Y la ceguera de nuestro espíritu nos puede hacer perder la mirada de Jesús; por lo tanto quien no lo mira no lo puede conocer en toda su riqueza, y no conociéndolo no puede amarlo como El amó. A esta altura ya brota como un gemido desde nuestro interior: "Corazón de Jesús, que sepa mirarte, porque así podré conocer todo el amor que me tienes y todo el amor que yo debo tener por los demás".



Reflexionemos: ¿Quien no siente el deseo de ser mirado con bondad y con amor, sobre todo en estos momentos tan difíciles, donde parece que no existieran ninguno de estos atributos? Recurramos a este Corazón para poder sostener nuestras flaquezas, consolar nuestras tristezas, mitigar nuestro dolor y aliviar nuestras cargas. Sólo quien es bueno sabe comprender a los demás en las circunstancias adversas de la vida.



(Pbro. dr. Jorge A. Gandur – Cristo Hoy / Adaptado Canal Vida)

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