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El Santo que Gritó la Verdad… y lo Callaron con una Espada

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • 21 may
  • 4 Min. de lectura
Fue maestro, campesino, mendigo, predicador. Pero sobre todo, fiel. San Cristóbal Magallanes, canonizado junto a otros 24 mártires mexicanos, desafió al poder con un rosario en la mano. En tiempos donde la Iglesia fue perseguida por el Estado, su voz resonó con la fuerza de quien no teme morir por la verdad. Lo acallaron con una espada. Pero su fe, hoy, sigue viva en cada misa clandestina, en cada oración silenciada por el miedo.
San Cristóbal Magallanes
Cristóbal Magallanes entregó la vida por Cristo.

En un rincón de América Latina, la fe católica fue declarada enemiga del Estado. Se cerraron iglesias, se prohibieron los sacramentos y se persiguió a sacerdotes como si fueran criminales.


“No estoy contra el gobierno. Estoy a favor de Dios.” (San Cristóbal Magallanes)

La Guerra Cristera, iniciada en México en 1926, no fue solo un conflicto político: fue una cruzada espiritual marcada por sangre, coraje y fidelidad. Mientras muchos callaban por miedo, hubo quienes eligieron gritar el nombre de Cristo aunque supieran que eso les costaría la vida. Entre ellos, un campesino convertido en sacerdote, que terminó siendo mártir: san Cristóbal Magallanes. Esta es su historia. Y es también la historia de los que no se arrodillaron ante el poder… sino ante Dios.

Pedro Kriskovich
EL MENDIGO QUE SE CONVIRTIÓ EN PASTOR

Nacido en Totatiche, Jalisco, en 1869, Cristóbal Magallanes supo lo que era el hambre. Hijo de campesinos, trabajó desde chico para ayudar a su familia. Pidió limosna, cargó sacos, rezó con el corazón roto donde ardía una llama: quería ser sacerdote.


“Muero inocente. Pido a Dios que mi sangre sirva para la paz de mi pueblo.” (San Cristóbal Magallanes)

A los 19 años entró al seminario. Pocos creían que el "mendigo analfabeto" podría predicar. Pero él se preparó con una pasión que desconcertaba a sus maestros. Fue ordenado sacerdote en 1899. Y desde allí, no dejó de anunciar el Evangelio, sobre todo en las zonas rurales donde la fe era la única esperanza.


san Cristóbal Magallanes
Difusor de la fe en todos los rincones inhóspitos de México.
UNA VOZ CONTRA LA DICTADURA ANTICRISTIANA

En 1926, el gobierno de Plutarco Elías Calles inició una de las persecuciones religiosas más sangrientas de la historia de América Latina. Se prohibieron los cultos, se cerraron iglesias, se exilió a obispos y se encarceló a sacerdotes. Ser católico practicante era casi una declaración de guerra.


Pero Cristóbal no se escondió. Organizado y prudente, comenzó a formar seminaristas en la clandestinidad. Creó un seminario oculto en su propio pueblo. Enseñaba con la luz de las velas, repartía rosarios en secreto, y confesaba en cuevas.


“No estoy contra el gobierno. Estoy a favor de Dios”, dijo. Esa frase le valdría la muerte.

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LA ESPADA QUE NO PUDO CALLAR LA FE

Fue arrestado en mayo de 1927 junto a Agustín Caloca, uno de sus seminaristas. Ambos sabían que no habría juicio justo. Los acusaron de formar parte de la insurrección cristera, aunque Cristóbal siempre predicó la paz.


El día de su ejecución, Cristóbal tomó el rosario, miró a los soldados y dijo: “Muero inocente. Pido a Dios que mi sangre sirva para la paz de mi pueblo”. Agustín, que apenas tenía 29 años, pidió perdón por sus asesinos.


Fueron fusilados. Sus cuerpos quedaron tendidos en el barro. Pero su historia no fue silenciada.


SAN CRISTOBAL MAGALLANES
San Cristóbal Magallanes fue ejecutado junto a un seminarista: ambos perdonaron a sus asesinos y entregaron la vida por Cristo.
LOS 25 MÁRTIRES DEL SIGLO XX

San Cristóbal fue canonizado en 2000 por san Juan Pablo II junto a otros 24 mártires mexicanos. Todos asesinados entre 1915 y 1937 por anunciar a Cristo en un país donde hacerlo podía costar la vida.


Eran campesinos, catequistas, laicos comprometidos, niños de primera comunión. Algunos fueron torturados, otros ejecutados en masa. Pero todos compartieron lo mismo: no negaron su fe.


Hoy, sus nombres figuran en altares. Pero su testimonio vive en las montañas, en las misas a escondidas, en las oraciones dichas al filo del llanto.

MARIANO MERCADO
LA GUERRA CRISTERA, LA CRUZADA OLVIDADA QUE MARCÓ LA FE DE UN PUEBLO

Entre 1926 y 1929, México vivió una de las persecuciones religiosas más cruentas de América Latina: la Guerra Cristera. Todo comenzó con la promulgación de leyes anticlericales impulsadas por el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles, conocidas como “Leyes Calles”.


Estas medidas prohibían el culto público, cerraban templos, expulsaban a religiosos extranjeros y encarcelaban a sacerdotes que se negaban a registrarse ante el Estado.


La respuesta fue inmediata. En campos, pueblos y montañas, miles de católicos —laicos, campesinos, catequistas y sacerdotes— se alzaron en defensa de su fe. Su grito fue claro: “¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!”. No luchaban por poder ni tierras, sino por poder rezar, comulgar y vivir su fe en libertad.


El conflicto dejó más de 90.000 muertos y una huella imborrable en la memoria de la Iglesia mexicana. Muchos mártires, como san Cristóbal Magallanes, murieron sin empuñar un arma, con el rosario en la mano y el nombre de Jesús en los labios. Su sangre, derramada sin odio, sembró una fe aún más profunda.


La Guerra Cristera terminó formalmente con un acuerdo entre el gobierno y la jerarquía eclesiástica en 1929, pero las heridas quedaron abiertas por décadas. Sin embargo, fue precisamente en ese dolor donde florecieron vocaciones, templos y una identidad cristiana inquebrantable.


Hoy, el testimonio de los cristeros sigue inspirando a generaciones de creyentes. Porque cuando la fe es perseguida, no desaparece: se fortalece, se purifica y se vuelve luz para el mundo.

GIN
LA FE QUE EL PODER NO PUDO DESTRUIR

El ejemplo de Cristóbal Magallanes no es un capítulo del pasado. Es una advertencia para el presente. Él nos recuerda que hay verdades por las que vale la pena morir. Que la Iglesia no se defiende con espadas, sino con oraciones. Y que el Evangelio, aunque quieran callarlo, siempre encuentra un corazón dispuesto a gritarlo.


En un mundo donde se calla a quien dice la verdad, san Cristóbal es un grito eterno.

Su sangre, como la de tantos mártires, no fue semilla de violencia, sino de de esperanza. Porque aunque lo mataron, aún predica. Aunque lo callaron, aún grita. Aunque lo fusilaron, aún vive. Y su voz sigue resonando en las catedrales que nunca pudo pisar, pero que hoy llevan su nombre.

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