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El Padre de Familia que Caminó en Silencio hacia los Altares: Nerino Cobianchi

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura
Vivió en silencio, ayudó sin cámaras y amó sin descanso. Hoy la Iglesia confirma algo inquietante: la santidad puede nacer en una casa común… como la tuya.
Nerino Cobianchi junto a san Juan Pablo II. El laico italiano que entregó su vida por amor al prójimo.
Nerino Cobianchi junto a san Juan Pablo II. El laico italiano que entregó su vida por amor al prójimo.

No fue sacerdote. No fue monje. No fue obispo ni misionero famoso. Fue padre, esposo, trabajador, vecino. León XIV acaba de declarar Venerable a Nerino Cobianchi (1945-1998), un laico italiano cuya vida demuestra algo inquietante: la santidad no es extraordinaria… es radicalmente cotidiana.









Nerino nació el 25 de junio de 1945, en una Italia que todavía sangraba las heridas de la guerra. Creció en el campo lombardo, con una sensibilidad que llamaba la atención incluso de niño. Pero el golpe que lo cambió todo llegó temprano: la muerte repentina de su padre, solo, abandonado, víctima de una embolia en un tren. A partir de ese día, tomó una decisión que marcaría cada uno de sus pasos: no permitir que nadie a su alrededor volviera a sentirse solo.


Esa promesa silenciosa fue el inicio de un camino invisible… y heroico.


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Se casó con Graziella, formó una familia sencilla, tuvo dos hijos. Nada extraordinario, en apariencia. Trabajó, pagó cuentas, volvió cansado a casa. Pero mientras muchos separan fe y vida, las fusionó hasta volverlas indistinguibles. La Misa diaria, el Rosario, la Biblia no eran rituales: eran combustible. Y ese fuego empezó a desbordarse.


Voluntario de la Cruz Roja, catequista, animador juvenil, scout, organizador incansable. Nerino no preguntaba quién merecía ayuda: ayudaba. Recolectaba ropa, comida, medicinas. Fundó grupos de trabajadores cristianos. Reunió jóvenes para rescatar a otros jóvenes. Donde veía abandono, veía misión.









Pero su caridad no se quedó en el gesto cómodo.


Tras terremotos, guerras y crisis humanitarias, cargó su furgoneta y partió solo, cuando nadie más quiso acompañarlo. Albania. Yugoslavia. Bosnia. Angola. Moscú. Volvía con alimentos, con proyectos… y una vez, con niños víctimas de la guerra, rescatados del horror. Mientras otros discutían, él abría la puerta de su casa.


Propuso comprar una vieja casa rural para recibir inmigrantes, jóvenes perdidos, mujeres explotadas por la trata. La restauró con sus propias manos. No delegó la misericordia. La ensució de barro, la llenó de camas, de llantos, de esperanza. Allí nacieron proyectos que hoy todavía salvan vidas.


Y cuando el cuerpo empezó a fallar, Nerino no se detuvo.


Un carcinoma agresivo avanzaba sin piedad. Los médicos fueron claros: no había cura. Incluso el sueño de ordenarse diácono permanente quedó truncado. Pero mientras su cuerpo se apagaba, su obra se multiplicaba. Escapó del hospital para defender a inmigrantes sin papeles. Presentó proyectos para reinsertar presos. Inauguró el “almacén de la solidaridad”. Pensó en los pobres hasta el último día.


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Murió el 3 de enero de 1998. Tenía 52 años. En su tumba no hay discursos grandilocuentes. Solo una frase del Evangelio: “Ve y haz tú lo mismo”.


Y ahí está el golpe. Porque Nerino Cobianchi fue un hombre común que decidió tomarse el Evangelio en serio. Un padre que enseñó a amar con hechos. Un cristiano que convirtió la rutina en altar.


Hoy, al reconocer sus virtudes heroicas, la Iglesia lanza un mensaje poderoso:

👉 La santidad no está reservada a unos pocos elegidos.

👉 Puede vivirse en la familia, en el trabajo, en la calle.

👉 Podría empezar mañana… u hoy.


Nerino ya camina hacia los altares. La pregunta ahora es otra: ¿y nosotros, hacia dónde caminamos?

El Padre de Familia que Caminó en Silencio hacia los Altares: Nerino Cobianchi



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