El Obispo que se Calló para Escuchar a Dios
- Canal Vida

- 14 may
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Fue obispo… y eligió no hablar nunca más. Se encerró en el desierto y vivió 76 años en completo silencio. No escribió libros ni fundó órdenes. Pero vio visiones, profetizó el juicio a la Iglesia… y hasta hizo llover. San Juan Silenciero no predicó con palabras, sino con fuego. Y hoy, su vida nos grita algo que no queremos oír.

No gritó, no discutió, no alzó la voz. Se llamaba Juan. Era obispo. Y decidió callarse. Por completo. Por años. Lo llamaron loco, radical, fanático. Pero él tenía un propósito: escuchar a Dios. En un mundo de ruido, Juan Silenciero huyó al desierto para no hablar más... y ver lo que nadie se animaba a mirar.
Hoy, su figura emerge como una de las más enigmáticas del cristianismo primitivo. No fundó un imperio. No escribió tratados. Pero fue testigo de lo invisible.

NACIÓ PARA CALLAR... Y RESISTIR
Juan nació en el año 454 en Nicópolis de Armenia. Era hijo de una familia cristiana noble y piadosa. Desde joven, se sintió atraído por la soledad, el ayuno y la contemplación. A los 18, ingresó a un monasterio. Pero su corazón anhelaba más.
“Vendrá un tiempo en que la Iglesia hablará mucho y dirá poco. Hablará al mundo, pero olvidará a Dios. Entonces, el juicio comenzará desde adentro.” (San Juan Silenciero)
El bullicio del mundo, las disputas teológicas, las vanidades del poder... todo le resultaba ruido. A los 28 fue ordenado obispo de Colonia en Armenia. Aceptó, pero algo no cerraba. Sentía que el trono episcopal era una trampa para su alma.
A los pocos años, renunció. Se marchó sin escándalo. Eligió el silencio como camino.

EL SILENCIO QUE QUEMA
Juan se refugió en el desierto cerca de Jerusalén, en el monasterio San Sabas. Allí, entre peñascos y soledad, vivió durante 76 años sin hablar.
No fue un voto superficial. Fue un silencio total. Ni enseñaba, ni predicaba, ni respondía. Solo oraba. Solo contemplaba. Solo escuchaba. “Dios habla en el silencio del corazón”, decía uno de sus pocos escritos.
Se alimentaba una vez al día. Dormía en el suelo. Cuando debía comunicarse, lo hacía por señas o con breves frases escritas. Era invisible y, sin embargo, temido.

EL MONJE QUE TENÍA VISIONES
Cuentan que Juan tenía el don de la visión interior. Veía el alma de los peregrinos. Sabía lo que escondían los que lo visitaban. Algunos lloraban frente a él sin saber por qué. Otros caían al suelo como si los atravesara una espada invisible.
Una vez, se dice, advirtió en silencio a otro monje de un ataque que sufriría la comunidad. Lo escribió en una piedra. Esa misma noche, bandidos llegaron... pero encontraron al monasterio en guardia.
Otra historia relata que, durante una sequía devastadora, Juan se arrodilló solo bajo el sol. Rezó en silencio toda la noche. Al amanecer, llovió por primera vez en meses.

ADVERTENCIA APOCALÍPTICA
Un testimonio recogido por el historiador Cirilo de Escitópolis menciona una visión estremecedora. Juan, en uno de sus únicos trances públicos, escribió en una tabla de madera: “Vendrá un tiempo en que la Iglesia hablará mucho y dirá poco. Hablará al mundo, pero olvidará a Dios. Entonces, el juicio comenzará desde adentro”.
Fue interpretado por algunos como una profecía de apostasía. Por otros, como una denuncia al clericalismo. Por todos, como una advertencia vigente.

EL PATRIARCA QUE LLORÓ
Tan impactante fue su figura, que incluso el patriarca de Jerusalén quiso conocerlo. Viajó hasta el monasterio y pidió verlo. Juan lo recibió. No habló. Solo se arrodilló frente al altar y señaló el cielo. Luego, escribió una sola palabra en un trozo de cuero: “Conviértete”.
El patriarca salió llorando.
MURIÓ EN SILENCIO
Juan murió alrededor del 558. Tenía más de 100 años. No pronunció ni una palabra en sus últimos 70 años de vida. Fue enterrado junto al altar del monasterio, sin epitafio.
Los monjes que lo conocieron decían que, al morir, su celda se llenó de un aroma inexplicable. Otros, que en su rostro apareció una sonrisa por primera vez en décadas.

EJEMPLO ACTUAL
En un mundo saturado de discursos, redes sociales, peleas públicas y opiniones vacías, la vida de san Juan Silenciero grita algo más profundo: “Dios no necesita que lo expliquemos. Necesita que lo escuchemos”.
Su testimonio no es para todos. Es radical. Pero interpela. En una Iglesia muchas veces atrapada en estructuras, Juan muestra el camino del fuego interior.

EL OBISPO QUE DESAPARECIÓ... PARA VER A DIOS
Juan Silenciero no buscó fama. Desapareció del mundo. Pero en su silencio ocurrió algo revolucionario: escuchó a Dios. Y eso lo transformó en profeta, sanador, intercesor.
Hoy, su figura vuelve como un eco del cielo. Una pregunta sin voz: “¿Cuándo fue la última vez que callaste para escuchar al Señor?”.
El desierto aún llama. Y el silencio... sigue hablando.









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