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Aprender a crecer en el sufrimiento

"El Señor ofreció su sangre por nosotros", asegura el padre Rafael de Tomás Ferrer en su reflexión de la primera lectura del día (Heb. 5, 1-10).
 

Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.


Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a debilidad.


"Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial."

A causa de ella, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.


Nadie puede arrogarse este honor sino el que es llamado por Dios, como en el caso de Aarón.


Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy»; o, como dice en otro pasaje: «Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec».


Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec.

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