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  • Foto del escritorCanal Vida

La muerte, un tema tabú que hay que abordar

Las preguntas sobre la muerte surgen bastante temprano en el niño.
 

La realidad de la muerte y sus interrogantes son imposibles de ocultar a la observación de los niños. Es algo que les inquieta y plantea grandes interrogantes que los lleva a Dios. Enseguida el niño piensa que si no hubiera nada después, sería cruel e injusto. No se puede contestar eludiendo el tema, o diciendo que no se sabe bien, o callando, esperando no se sabe a qué.



NO HAY QUE OCULTARLO

Recuerdo una anécdota que sucedió una lluviosa tarde de febrero en la que un padre vino a verme al colegio muy preocupado. Su hijo de once años se había criado en íntima amistad con un vecino suyo de la misma edad, a quien acababan de diagnosticar una enfermedad rápida e incurable. Le quedaban tan solo unas semanas de vida.


La familia mantenía celosa ante el chico el secreto de la cercana muerte de su amigo. Pero los días pasaban y el problema se hacía cada vez más acuciante. ¿Qué hacer? ¿Hasta cuándo se podía seguir así? “Hablarle de eso es demasiado duro –me decía– para esa edad”. El muchacho notaba ya algo raro, y preguntaba qué pasaba, pero no obtenía respuesta.


"La existencia del pecado y del perdón, de un Dios remunerador, que premia a los buenos y castiga a los malos, es algo que entienden los niños perfectamente. Lo que les inquietaría es pensar que después de la muerte no hay más que un vacío, lleno... de nada."

Para quienes no tienen fe, es realmente una respuesta difícil. Para quienes la tenemos, no lo es tanto. Es una despedida, a un tiempo dolorosa y alegre. Un cambio de casa, de esta de la Tierra a la del Cielo. Una realidad que está permanentemente presente en la educación de la fe y que no tiene sentido silenciar.


A todos nos duele despedirnos de un ser querido, y despedirnos por mucho tiempo, hasta que nos reunamos con él a nuestra muerte. Pero si la fe es firme, no habrá tanto miedo a la muerte. Y cuando la muerte llame a la puerta, a la nuestra o a la de alguien cercano, la recibiremos con paz, si tenemos la conciencia limpia, pues pensar en la muerte obliga a pensar en cómo llevamos la vida. Si en el chico ha arraigado una fe sólida, comprenderá y aceptará esa realidad, como la han comprendido y aceptado todos los auténticamente cristianos a lo largo de los siglos.


Lo animé a que afrontara esa conversación, pero se resistía a hacerlo. “Es algo –se lamentaba– para lo que había que haberlo preparado con mucho más tiempo. Le va a suponer un golpe muy fuerte. No sabes lo amigos que son. No pueden hacer nada el uno sin el otro. No sé cómo Dios permite esto...".


“Es una realidad –le dije– que debes afrontar. Tú primero, y él después. No pretendas dar lecciones a Dios sobre cómo debe organizar el mundo, que sabe más que tú y que yo. No tiene por qué haber problemas. Háblale de que pronto estará en el Cielo”.


No veía claro lo de hablar del Cielo y del Infierno a los chicos. “Eso es algo muy duro y que no termino de entender”, decía.



UN CONCEPTO EQUIVOCADO

Estaba claro que el problema estaba en el padre. Se llamaba a sí mismo cristiano, pero todo lo quería interpretar de forma blanda y acomodada. Era de los que quería “ser bueno y no hacer mal a nadie”, pero sin poner esfuerzo, sin exigencia personal, sin pecado, sin Infierno y sin principios morales objetivos. La muerte –para él– era algo que prefería ignorar poniéndola entre paréntesis. Y los resultados familiares eran tan lacios y desmadejados como sus ideas.


"Cuando la muerte llame a la puerta, a la nuestra o a la de alguien cercano, la recibiremos con paz, si tenemos la conciencia limpia, pues pensar en la muerte obliga a pensar en cómo llevamos la vida."

La existencia del pecado y del perdón, de un Dios remunerador, que premia a los buenos y castiga a los malos, es algo que entienden los niños perfectamente. Lo que les inquietaría es pensar que las injusticias se mantienen a perpetuidad, por la falta de un ser superior que gobernara sapientísimamente el mundo. O que después de la muerte no hay más que un vacío, lleno... de nada.


(A. Aguiló/ Interrogantes.net/Adaptado Canal Vida)

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